Un espacio del pueblo, cero minutos para la oposición: la asimetría que nadie quiere medir
Sheinbaum rechazó darle al PAN un espacio de réplica dentro de la mañanera. Dijo que cada quien construya el suyo. La frase suena limpia, pero deja intacta una asimetría de peso informativo que el sistema mexicano arrastra desde hace años.
Por Bruno Cortés
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo cerró el 13 de agosto de 2026 la posibilidad de que el Partido Acción Nacional tuviera un espacio de réplica dentro de las conferencias matutinas. La respuesta fue directa: este es un espacio del pueblo, el gobierno informa y los partidos tienen sus propios medios, redes y capacidad para organizar conferencias. “Cada quien su espacio… Lo que quieren es aprovechar este espacio. Pues no, que construyan el suyo”.
La negativa no es nueva en el formato. La mañanera nació y se consolidó como ejercicio unilateral del Ejecutivo. Funciona con recursos públicos, se transmite en vivo por canales oficiales, genera millones de visualizaciones en YouTube y se convierte, casi todos los días, en el punto de partida de la agenda informativa de decenas de medios. Ningún partido, por más financiamiento público que reciba, logra concentrar esa atención en un solo acto diario de una hora y media.
Aquí aparece la asimetría.
No es solo de micrófonos. Es de peso. Cuando la presidenta habla desde Palacio Nacional, el mensaje sale con sello institucional, se distribuye por las cuentas oficiales del gobierno, es retomado por noticieros y genera reacciones en cascada. Cuando el PAN responde desde su sede o desde una cuenta de X, el alcance depende de su propia capacidad de movilización y de la voluntad de los medios de darle el mismo volumen. No es lo mismo.
El derecho de réplica existe en la legislación mexicana. La ley reglamentaria del Artículo 6º constitucional lo contempla para los medios de comunicación que difunden información que pueda afectar a una persona o institución. El problema es de calificación: la mañanera no es un noticiero ni un programa de opinión. Es un acto de gobierno. Por eso la presidenta puede argumentar, con base formal, que no está obligada a ceder el estrado. Y tiene razón en el sentido estricto de la norma.
Pero la razón formal no borra el desequilibrio práctico. Un gobierno que concentra diariamente la atención mediática del país y al mismo tiempo invoca que “hay derecho de réplica” porque “todos pueden hacer el mismo ejercicio” está hablando de dos ejercicios que no pesan lo mismo. Uno tiene el edificio, la transmisión oficial y la prioridad noticiosa. El otro tiene que pelear por minutos y por clics.
¿Quién carga con la responsabilidad de equilibrar eso?
No solo el Ejecutivo. Los partidos reciben recursos públicos precisamente para sostener su aparato de comunicación. Los medios tienen la obligación profesional de contrastar. Y la ciudadanía tiene la carga de no quedarse solo con la versión que llega primero y más fuerte. El problema es que el sistema premia la concentración: el formato de la mañanera, por su diseño, genera un efecto de agenda setting que la oposición difícilmente iguala.
Sheinbaum sostuvo que se seguirá con las mañaneras, con el debate público y con el derecho de réplica. La frase suena equilibrada. En la práctica, el debate público que propone es uno donde el gobierno habla desde el centro del escenario y el resto responde desde las orillas. No es censura. Es asimetría de plataforma. Y esa asimetría no se resuelve invitándose mutuamente a la conferencia del otro. Se resuelve cuando el ecosistema completo —gobierno, partidos, medios y audiencia— deja de fingir que todos hablan desde el mismo volumen.
La pregunta que queda abierta no es si el PAN tiene derecho a meterse a la mañanera. La pregunta más incómoda es otra: ¿cuánto desbalance informativo está dispuesto a tolerar un sistema democrático mientras uno de los actores concentra, todos los días, la atención del país?