Los no alineados, los proscritos, los malditos
En opinión de Bruno Cortés
Cuando el poder confunde al periodista con el bot
Hay algo profundamente revelador —y peligrosamente mexicano— en ver a una alta funcionaria del gobierno proyectar en pantalla los nombres de periodistas incómodos y declarar, con tono de quien acaba de salvar a la patria, que ahí comienza “la red de ataque”.
Luisa María Alcalde no solo presentó un monitoreo de redes. Presentó una declaración de guerra disfrazada de análisis técnico. El 12 de agosto, desde Palacio Nacional, colocó a 54 cuentas de medios y comentaristas como la “capa de origen” de un ecosistema digital enemigo. Ahí metió a Loret, a Ciro, a López-Dóriga, a Denise Dresser, a Alazraki, a Latinus, a Aristegui, a El Universal, a Reforma. Según el relato oficial, de esa trinchera nace el veneno que después amplifican políticos, trolls y más de medio millón de bots.
Traducción sin anestesia: el periodista que critica ya no es periodista. Es el primer eslabón de una operación. El que pregunta ya no ejerce un derecho. Activa una red. El que documenta ya no informa. Legitima el ataque.
Eso no es inteligencia digital. Es el viejo reflejo autoritario con PowerPoint.
Los periodistas no nacimos para hacer sentir bien a los gobernantes. Nacimos para joderlos cuando hace falta. Para sostener la pregunta cuando el poder ya dio por cerrada la respuesta. Para ser el grano en el zapato, no el aplauso en la butaca. Los grandes del oficio —los únicos que valen la pena recordar— siempre han sido los no alineados, los proscritos, los malditos. Los que el gobierno de turno hubiera preferido ver callados, presos o vendiendo cacahuates en la esquina. Ese es el linaje. No el del cronista de banqueta que pide permiso para opinar.
Convertir a esos nombres en la “capa de origen” de una red de ataque es una operación de neutralización simbólica. Es decirle al país que la crítica y la conspiración pesan lo mismo. Que el reportero que lleva años incomodando y el bot creado a las tres de la mañana son, en el fondo, parte del mismo engranaje. Y cuando el poder logra que esa idea se normalice, ya no necesita censurar. Solo necesita señalar. El resto lo hace el miedo.
Hay un humor negro casi elegante en el ejercicio. Un equipo del Estado se pasa siete meses contando likes, midiendo retuits, detectando patrones… y al final descubre la gran revelación del siglo: hay gente que habla mal del gobierno. ¡Asombroso! Casi tan sorprendente como descubrir que en México hay corrupción o que los discursos de unidad nacional suelen durar lo que un comercial de detergente. Y en lugar de asumir que la crítica es el oxígeno mínimo de cualquier democracia, montan el teatro de las cuatro capas y colocan a la prensa incómoda en el papel de villano fundador. Como si Loret coordinara todas las mañanas con medio millón de cuentas automatizadas el hashtag del día. Como si la columna de Dresser fuera el parte de guerra de una conspiración internacional.
El poder siempre ha soñado con un periodismo de porristas. Un periodismo que sonría en las fotos y calle en las investigaciones. Un periodismo que diga “qué difícil es gobernar” mientras el país se desangra. Ese periodismo existe. Sobran los que lo practican. Pero no es periodismo. Es relaciones públicas con credencial de prensa.
Se puede y se debe investigar las granjas de bots, las campañas de enjambre y las cuentas de alquiler. Eso es trabajo legítimo. Lo que no se puede hacer sin pagar un costo histórico es meter en el mismo saco al periodista que lleva décadas sosteniendo el escrutinio y al perfil fantasma que solo existe para gritar. Porque el día que los dos pesen igual en el discurso del Estado, el que desaparece no es el bot. Es el periodista. Y con él, la posibilidad misma de que alguien le diga la verdad al poder sin pedir permiso.
Alcalde habló de “cuando el eco se disfraza de conversación”. La frase es buena. También se puede leer al revés: cuando el poder disfraza de red de ataque lo que en realidad es conversación crítica, el disfraz también es una forma de violencia. Y el silencio que viene después no es paz. Es derrota.
Los periodistas no estamos para consentir al poder. Estamos para enfrentarlo. Esa no es una frase bonita de aniversario. Es la única regla que ha permitido que este oficio sobreviva a todos los gobiernos, incluidos los que se dicen transformadores. El día que la olvidemos, no nos van a necesitar bots para callarnos. Bastará con una lista.
Bruno Cortés Ciudad de México, 13 de agosto de 2026